Paseando hacia el hotel vamos
reflexionando, y cómo no, discutiendo, no me pises, me estás pisando tú, sobre
las fotos. Muchas veces, infinidad de veces, no es la foto en sí, sino que es
el análisis y razonamiento que de la misma, de la foto, hace el autor. Ulla con
sus recuerdos de la niñez. Leigh con su provocación rozando el incesto. Muchas
veces, pues… las fotos, “ni fú, ni fá”, pero la disquisición ha sido portentosa,
grandiosa y deslumbrante. ¿pero y las fotos? ¡qué más da! “¿Qué te ha
parecido?”, “¿y a tí?”, “les fotos una m****, pero la verborrea impresionant”.
La foto del mar, que puede ser una
verdadera chorrada, deja de ser del mar, para filtrarse: “como un recuerdo de
la niñez, ya que pasaba los veranos en Xàbia, en casa de la tía Leoncia, la
cual, la tía, me llevaba a bañarme a la playa del Arenal, los domingos por la
mañana”. ¿Metafísica? ¿Proustiano? No, real. Hay que saber encajar e introducir
el producto. En el caso que nos ocupa, las fotos. Ya no vale hacer magníficas
fotos. Hay que saber venderlas. Hay que olvidar el empirismo fotográfico y pasarnos
al orden de lo simbólico. El orden de lo empírico sería el pasado, la
oscuridad. El orden de lo simbólico el futuro, la luz. La oscuridad, la luz.

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