Comenzamos nuestro primer pateo viajero por Oslo.
Primer día, primer gran cansancio. A ver si regulamos. Si ya vamos con esta
actitud… Posiblemente consistiría en descansar completamente cada tres o cuatro
días, con el fin de mantener el equilibrio. Nos dirigimos al metro, que dicho
sea de paso está a cien metros del hotel. Nos ofrecen un billete que desde el
momento que “tickas” en la “orange machine” puedes ir una hora en transporte
público. Optamos por una segunda opción, un billete de tres días, puedes subir
y bajar cuantas veces quieras. Subimos en Jeribanetorget, que es el centro,
pasamos por Stortinget y bajamos en Nationalteathret. ¿pero para qué compramos
billete, si siempre viajamos de incógnito? Si no existimos. Somos virtuales. No
entendemos lo de la compra del billete. Primera visión, primera impresión. Una
plazoleta, con una fuente en medio de la plaza con agua y espuma, mucha espuma,
que acaba esparramándose por el suelo, el agua bien, lo de la espuma no lo
entendemos. A la izquierda, la Universidad; a la derecha, el teatro; hacia
delante la calle comercial continúa hasta perderse y tras nuestra espalda, el
palacio real.


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