Abatidos, bajamos a desayunar. En el
comedor hay unas imágenes similares a las que capta Mickel. Creemos que le
podrían servir para el proyecto “p n t”. Opinamos, pretendemos y en un primer momento
juzgamos que pueden ser apropiadas, son sugerentes. Con su método fotográfico,
el analógico, percibe conjeturas. Vislumbra fantasías. Pero hasta el mágico
momento del revelado, nunca sabe con certeza la realidad. Con el digital esos
problemas no existen. Aprietas el obturador y miras la foto. No me gusta, la
repito. Pero de momento, Mickel, se mantiene fiel a los carretes. Es reacio al
cambio. ¿Será un reaccionario? ¿Por qué no se pasa al digital? Se lo
preguntaremos. El sí que nos ve y nos comprende. ¿Nos responderá? Quizás
continúe de forma analógica porque controle el método clásico y desconozca el
mundo de los ordenadores. ¿Nunca evolucionará? No lo sabemos. Pero a favor de los carretes, a favor del método de Mickel, hay
que hacer un canto al misterio, al secreto, al enigma. Hay quien afirma que sin
enigma ni misterio no hay fotografía. ¿me saldrá la foto? ¿no me saldrá? ¿y si
sale, qué saldrá? Desde el “click” inicial hasta la impresión final transcurre
un tiempo, un tiempo de ilusión, deseo, ansiedad, esperanza. Posiblemente la
foto digital renuncie a la carga mágica y esotérica de la foto analógica. Se
pierde la EMOCIÓN, con mayúsculas, de la espera. Seguirá con los carretes.
Seguro.


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