Se respira tranquilidad. Relax. El Silencio habla,
como en el Maestrazgo, “donde el silencio habla”. Las calles perpendiculares a
la principal están totalmente vacías, no hay ni un alma, o casi ningún alma. El silencio habla. Como
si no viviese nadie. Ni siquiera hay coches aparcados. Vacuas. Volvemos a la
calle principal. A Haga Nygata. Un par de chicas haciendo calceta. Un señora
vende trastos viejos.
La gente que vive en Haga, sentada en el exterior parece
que esté apostada en una exposición. ¿Un reclamo turístico? Unos pocos turistas
deambulan contemplando escaparates y personas. Nos cruzamos. La gente solo
pasea por la calle principal. Las perpendiculares siguen vacías.
Escaparate con
zuecos. La fruta, en el exterior y en cestas, de una frutería, tiene buena
pinta. Al final de la calle hay una farmacia. Algunas personas salen de un bar
con una bandeja repleta de comida que se sientan a engullir en unas mesitas que
hay en la acera. Nunca nos ha gustado comer al aire libre. Siempre pensamos que
puede caer una mosca. Una cagada de pájaro. Basura de una ventana. Que sé yo. No
nos gusta. Comer en el comedor. Nuestro propóleo, miel, néctar, jalea…




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