Llegamos al puerto. Observamos.
Fisgoneamos. Subimos, sin empujar, ¡eh!, ¡¡qué me tiras!!, en un barco que hace
un recorrido de unos noventa minutos, ¿quieres estarte quieto?, desde las once
hasta las doce y media, es lo estándar, lo clásico, por el lago.



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