lunes, 12 de mayo de 2014

Vigeland Park




Tram. Línea 12. Nos sentamos junto a una ventanilla. Miramos a través del cristal. Observamos. Callejeamos, tranviamos, hablemos con propiedad, entre calles rectangulares. Tiendas. Escaparates. Una pareja pasa por la acera. Salimos a la explanada del puerto. A la izquierda el castillo. A la derecha el Ayuntamiento. Puerto. Ascendiendo. Chalets de madera. Zona residencial. Nos bajamos, digo bajamos, porque además de nosotros, La Panda, descienden del tranvía un buen número de personas, en el parque Vigelandsparken. 





Atravesamos las rejas de la entrada y nos encaminamos hacia dentro. Llueve. Nos protegemos del agua. Hace fresquito. El parque, lleno de estatuas, es coqueto pero… no muy grande. Limpio, muy limpio, verde, muy verde. Las estatuas del parque son obra de un escultor llamado Gustav Vigeland, según explica en los folletos turísticos, es el trabajo de toda su vida, más de doscientas esculturas en bronce, granito, hierro forjado. La gente posa ante las estatuas imitando su pose.







Sigue lloviendo. El paraguas. La cámara. El móvil. El bolso. La cartera. ¿Algo más? 






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