Tram. Línea 12. Nos sentamos junto a una
ventanilla. Miramos a través del cristal. Observamos. Callejeamos, tranviamos,
hablemos con propiedad, entre calles rectangulares. Tiendas. Escaparates. Una
pareja pasa por la acera. Salimos a la explanada del puerto. A la izquierda el
castillo. A la derecha el Ayuntamiento. Puerto. Ascendiendo. Chalets de madera.
Zona residencial. Nos bajamos, digo bajamos, porque además de nosotros, La
Panda, descienden del tranvía un buen número de personas, en el parque
Vigelandsparken.
Atravesamos las rejas de la entrada y nos encaminamos hacia
dentro. Llueve. Nos protegemos del agua. Hace fresquito. El parque, lleno de
estatuas, es coqueto pero… no muy grande. Limpio, muy limpio, verde, muy verde.
Las estatuas del parque son obra de un escultor llamado Gustav Vigeland, según
explica en los folletos turísticos, es el trabajo de toda su vida, más de
doscientas esculturas en bronce, granito, hierro forjado. La gente posa ante
las estatuas imitando su pose.
Sigue lloviendo. El paraguas. La cámara. El móvil.
El bolso. La cartera. ¿Algo más?



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