A las diez treinta embarcamos en un barco turístico
hasta las doce treinta. Gran error, debíamos haber embarcado en el correo. De
todas formas, el viaje no estuvo del todo mal, una mañana diferente, el mar es distinto
al mediterráneo, con tonalidades y matices diferentes. Oscuro. Insondable,
recóndito. El barco surca las aguas entre islotes, casas ocres y amarillas,
islas y profundas aguas. Un kayak planea sobre las aguas.
Delante de nuestro
asiento llevamos una pareja con un crío que se queda, el crío, con la cámara. Le
hacemos unas fotos. Los padres sonríen. Es lo normal. La familia bien, gracias.
El recorrido, la verdad es que no lo tenemos muy
claro, es lo habitual. Al principio estaba nublado y lloviznaba. Al final del
recorrido salió el sol y no hacia tanto frío, tan sólo fresquito y nos
desplazamos a popa a oler el salitre nórdico. Lo más curioso, una casa en medio
del mar y sobre un islote, no mucho mayor que la casa. Llegada a
puerto.



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