Hoy toca otra vez cambio. Y la pregunta de hoy y la
pregunta desde que iniciamos el viaje es ¿a qué coño vamos a Estocolmo? No
sabemos el porqué, pero se nos ha atragantado. Eso de volver a subir… no nos
gusta. Cuando salimos de viaje. Siempre de retorno. Al pesebre. Siempre
bajando. Hacia casa. Al Sur. Porque el sur también existe.
El viaje en tren se nos hace larguito. Posiblemente
porque vamos con los campos magnéticos cambiados. En negativo. Desde las diez a
las quince horas. Cinco horas de tren. Teníamos, teníamos siempre teníamos, que
haber cogido el tren de alta velocidad. Gotemburgo, Estocolmo, tres horas y
poco. Pensamos que trayectos más largos podríamos realizar sin cansarnos tanto.
El problema son las vibraciones. Si son positivas o negativas. Bosques. Lagos.
Cereales. Vagarda. Falköping. Sköyde – hay un cuartel militar - Cereales.
Orebro. Bosques. Bosques. Kóping – ¿un misil cohete? - Västerás – El lago Mälaren
– Central Station. La T-Centralem la encuentramos rara. El tren se ha detenido en la planta baja, junto
al Arlanda Espress.
Después de todo el día deambulando entre bosques,
lagos, más bosques y más lagos, en un tren borreguero de Sur a Norte y de Norte
a Oeste, el recorrido es antinatural, por fin se decide, da la vuelta rodeando
el lago Mälaren y llegamos a Estocolmo. Pero… sinceramente por quince euros ¿se
puede pedir más?
Agotados. Mal. Mal. Hemos llegado a contrapelo.
Frío. Frío.
Cenamos y a la cama. Dormimos de un tirón hasta las
siete. Nos hacía falta




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