Nos sentamos junto al lago. Pensamos que nadie nos
ve, somos virtuales. Inverosímiles. El día es fantástico. Sol. Nubes. Viento.
Una luz impresionante. Un guía busca a su grupo. E imaginamos, tan sólo
imaginamos, que en algún lugar, el grupo estará buscando a su guía. ¿Llorarán? El
guía llama al hotel. Sin respuesta. No saben donde está el grupo. Sigue
buscando. ¿Los encontrará? La respuesta en el próximo viaje. ¿Habrán
desaparecido con los ”trolls”? ¿Se los habrán comido los osos? La gente entra en una tienda de recuerdos que
hay en la planta baja. Nos sentamos en un banco. ¡Ojo! A ver si nos pisan,
como… no nos ven. ¿Y si sí nos ven y se hacen los suecos? Otra vez, frente al
lago Mälaren. El día sigue siendo fantástico. Lo más impresionante la luz. No,
no y no. No nos apetecía venir a Estocolmo, no nos apetecía y no nos apetece.
Más claro imposible. Pero ¿Por qué? No hay una lógica coherente. Antojos. Rarezas.
Caprichos. Necesitamos a Freud. ¿Nos entendería? ¿…?
- ¿Nos vamos a Tallinn?
- Yooooooooo?
- No, tú no, TODOS. La Panda.
- ¿Y qué hacemos en Tallinn?
- Lo mismo que en Estocolmo. Viajar.
- A mí no me gusta viajar. ¡¡Quiero volver a casa!!
-¿A casaaaaaaaaaaaaaaa? Si es fantástico, tía.
-Prefiero estar en mi casita.
-Vengaaaaaaaa.
- ¿A Tallinn?
Seguimos en Estocolmo.


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