El tren llega puntual. Se le ve
macizo y sólido. Por dentro es bastante coqueto. Nos sentamos frente a un par
de vejetes, ellos no nos ven, nosotros a ellos sí. Escuchamos. Los vejetes van
cuatro días a reunirse con unos amigos en Gotemburgo. La vida en Noruega es
cara, los sueldos altos, pero la vida muy cara. A la izquierda una cuarentona
lee. ¿Nos mira?, ¿Nos ve? Sonríe, ¿a nosotros? No puede ser. En la estación de
Gotemburgo la están esperando unas amigas.
Más atrás, otra chica va con su
ordenador, también la esperan en la estación. Esperan a todo el mundo menos a
nosotros. A nosotros no me espera nadie. Es melodramático, aunque normal, ya
que no conocemos a nadie.
Extraño sería que nos estuviesen esperando. ¡Qué susto! Nadie. No conocemos a nadie. Además
somos virtuales. No existimos. Aunque nos gusta que nos esperen. Y nos gusta
esperar. Alegría, abrazos, besos. Al parar el tren y descender al andén, los
vejetes desaparecen. La cuarentona desaparece con sus amigas. La chica del
oredenador desaparece. Tras cuatro horas de viaje… ni un adiós, ni un “hasta
luego”. Nos quedamos solos. Abatidos. Decaídos.
¡Venga ánimo! ¡¡Arriba!!



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