miércoles, 4 de junio de 2014

En tren hacia Gotemburgo






 El tren llega puntual. Se le ve macizo y sólido. Por dentro es bastante coqueto. Nos sentamos frente a un par de vejetes, ellos no nos ven, nosotros a ellos sí. Escuchamos. Los vejetes van cuatro días a reunirse con unos amigos en Gotemburgo. La vida en Noruega es cara, los sueldos altos, pero la vida muy cara. A la izquierda una cuarentona lee. ¿Nos mira?, ¿Nos ve? Sonríe, ¿a nosotros? No puede ser. En la estación de Gotemburgo la están esperando unas amigas. 







Más atrás, otra chica va con su ordenador, también la esperan en la estación. Esperan a todo el mundo menos a nosotros. A nosotros no me espera nadie. Es melodramático, aunque normal, ya que no conocemos a nadie. 






Extraño sería que nos estuviesen esperando.  ¡Qué susto! Nadie. No conocemos a nadie. Además somos virtuales. No existimos. Aunque nos gusta que nos esperen. Y nos gusta esperar. Alegría, abrazos, besos. Al parar el tren y descender al andén, los vejetes desaparecen. La cuarentona desaparece con sus amigas. La chica del oredenador desaparece. Tras cuatro horas de viaje… ni un adiós, ni un “hasta luego”. Nos quedamos solos. Abatidos. Decaídos.

¡Venga ánimo! ¡¡Arriba!! 



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