Salimos del centro
comercial. No nos interesa. ¡Taxi!
¡Al Parlamento! Where are you from? From Spain. We are from Spain. We are traveling together. ¡¡jolín
tío, cómo nos manejamos con el inglés!! ¿Yoooooooooo? Tú no, todos. El taxista
nos cuenta que el pasado año estuvo en La Costa Blanca. Y este año irá a Málaga.
Pues el taxista nos ve. ¿A nosotroooooos? Sí. Pues si somooooos virtuales. Pues
no seremos virtuales. Mickel nos miente o no nos cuenta toda la verdad. Dice
que somos producto de su mente y que nadie nos ve. De aquí no puedo pasar, nos
indica. O. K. Nos apeamos. Nos toca andar. Ya estamos hechos a ello. Segundo
vagabundeo por Tallinn. El Parlamento.
Catedral Ortodoxa, siguen cobrando por
entrar.
Miradores. Desde los miradores, por supuesto, se vislumbra toda la
ciudad. Allá abajo, el puerto, con sus cruceros turísticos, los que cada vez
que atracan dejan unos millares de personas
trotando por la ciudad que ha sido atracada. Y nunca mejor dicho, atracada.
Un herrero quiere grabar nuestro nombre
en una moneda. Trae suerte, nos dice. ¿Cuánto? ¡vale! Al fin y a la
postre somos unos pobres turistas. Unos turistas que nos ve la gente. Una guía
personal les comenta a una pareja que los edificios que se ven al fondo, de ínfima
calidad, fueron construidos aprisa y corriendo para ubicar gente rusa en
Tallinn, por aquello de la ”dominación”, ya sabes, la colonización. Nos sentamos.
Observamos. Escuchamos. Contemplamos. NO SOMOS VIRTUALES. LA GENTE NOS VE Y
HABLA CON NOSOTROS.
