Por la tarde/noche
salimos a dar una vueltecita por los alrededores del hotel. Una exagerada lleva
suéter y chaquetón. Hace fresquito, pero no para tanto abrigo. Nosotros, en manga
corta. Tenemos energía calorífica acumulada. Somos virtuales. No tenemos frío.
Tenemos las baterías llenas. Nos introducimos por una estrecha callejuela,
Katariina Kaik, por un pasaje, que debido a la lluvia y a la sombría oscuridad,
produce una tétrica y lúgubre sensación. Nos encanta. Tiene unas sensaciones
que nos cautivan. Nos sentimos a gusto en la umbrosa callejuela. Las personas
que la cruzan parecen fantasmas. Fantasmas de otra época. Si damos rienda
suelta a la imaginación, ¿cuántos asesinatos? ¿cuántas citas clandestinas?
¿cuántos recuerdos tendrá guardados Katariina Kaik?
El pasaje accede a las
murallas. Las murallas, El Principe Valiente, que rodean la ciudad, son
totalmente diferentes de las de los castillos españoles. En España, El Capitán
Trueno, en la parte superior de las murallas, las almenas, nos parece que se
llaman, están al aire libre, en Tallinn están cubiertas, para proteger a los
soldados de las inclemencias del tiempo, suponemos. Un Puti-Club, adosado a la
muralla, La Historia y El Sexo. Que no es lo mismo, que la historia del sexo.
Debe tener su morbo “echar un polvete” pegado a siglos de historia.
¿Yoooooooooo? Pues no. It´s not for us. Seguimos paseando entre La Historia,
los Clubs y los Restaurantes.
Hay calle, que toda la calle es un restaurante.
Cenamos, própolis, echinacea, jalea real, polen y miel, a la luz de las velas y
bajo el sonido de los violines.
